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EL DÚO SALTEÑO, EL CORO ARS NOVA Y SALTA

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No es casual que Chacho Echenique y Patricio Jiménez hayan nacido en Salta. No es fortuito que el coro de Niños y Jóvenes Ars Nova, dirigido por Betty Fernández de Briones haya germinado en Salta. Salta estaba predestinada –si se quiere, desde los tiempos de la Conquista- a constituirse en  modelo nacional del más rico cancionero de nuestro folklore en el siglo XX. Y a gratificarnos con las voces de un coro de chicas y chicos, y su eminente directora, único en el paísAfirmarlo de modo tan concluyente, no implica restar méritos a Santiago del Estero, ni a sus patriarcas músicos e investigadores, como don Manuel Gómez Carrillo, que hacia los años 20 del pasado siglo, rescató, silenciosamente, unos 400 cantos incaico-calchaquíes en sus investigaciones para la Universidad Nacional de Tucumán; ni al recopilador, don Andrés Chazarreta, de otro cancionero que pudo extinguirse con el paso del tiempo, y  cuyo epicentro era Santiago del Estero; ni al investigador catamarqueño don Juan Alfonso Carrizo, quien en los años 20, 30 y 40 publicó en sendos libros, las coplas anónimas de Catamarca, Salta, Jujuy y La Rioja; ni ese otro instrumento de la memoria colectiva que fue el mendocino don Alberto Rodríguez con su obra, el Cancionero Cuyano, publicada por primera vez en 1938, sin olvidar a Carlos Vega, Isabel Aretz, Leda Valladares, Augusto Cortazar y tantos otros buceadores de nuestros tesoros telúricos. Ni incluso el enorme legado de Atahualpa Yupanqui, desde aquella  canción “Camino del indio”, dada a conocer en 1934, quien retrató en músicas y en poesía, las vivencias y paisajes del Noroeste y de la pampa húmeda.Fue Salta donde se hizo más palpable la transculturación española que nos llegaba desde el Perú. La tradición hispana del romancero, pese a la siempre denostada Conquista y Colonización (que por cierto arrasó a sangre y fuego a toda una raza y a la inmensa cultura aborigen) supo fructificar en la música folklórica. Aquellas tradiciones españolas asimiladas y enriquecidas aquí, nos dejaron un riquísimo patrimonio cultural –musical y poético en coplas y romances- que se ha mantenido vivo y que fue creciendo en potencia creadora y en belleza durante casi cinco centurias en toda nuestra América latina. La hermosa Salta pareció predestinada a ser el venero inagotable de donde habría de surgir un asombroso manantial de canciones. Y así se justifica que el salteño pueda seguir pronunciando con orgullo el proverbio “Soy de Salta y hago falta”.Como sostiene León Benarós, en Salta la poesía sale al encuentro del hombre, porque toda esa eclosión de canciones que se irradiaron hacia todo el país desde los años cincuenta, ya estaba latente antes de los años cuarenta en la inspiración de sus compositores y en la fértil inventiva de sus poetas que asomaban subrepticiamente entre las seis cuerdas de la guitarra milenaria que nos llegó de España, a la que, todavía, se  miraba recelosamente como instrumento de la mera diversión de sectores marginado.Una de ellas, la enjundiosa de don Eduardo Falú empezaba a sonar en 1945, primero en Salta, luego en Buenos Aires, y en seguida en capitales del Noroeste Argentino. Pero ya en 1942 Eduardo Falú y César Perdiguero habían estado gestando un nuevo cancionero telúrico. Gestación silenciosa que nos conduciría a los años 50, en los que ya estaba instalado en el inconsciente colectivo como un paradigma insustituible. Eran aquellos dedos magistrales y esa inconfundible voz de barítono-bajo que daban a conocer aquellas  primeras composiciones junto a los versos de Perdiguero: “Tabacalera”, “India madre”, “Canción de luna y cosecha”. Y luego el otro, más alto aún en vuelo poético-musical junto a la pluma excelsa de Jaime Dávalos, el poeta de aquella primera “Zamba de la Candelaria” que recorrió el país entero. Eduardo Falú se prodigaba en mojones del folklore argentino, en creaciones paradigmáticas junto al Jaime de “El sueño de mi guitarra”, “La nostalgiosa”, “Las golondrinas”, “Resolana”, “Rosa de los vientos”, “Tonada del viejo amor”, “Trago de sombra”, “Vidala del nombrador”…Pero todavía había un peldaño más que trepar, y fue con el inefable Manuel J. Castilla, con quien enriqueció la ya alta poesía de Jaime. Nuevo cancionero emblemático, como el de “La atardecida”, “La volvedora”, “No te puedo olvidar”…Sonidos y palabras andaban flotando en el aire de Salta en aquellos años 40. Las metáforas de Jaime, hijo del culto poeta Juan Carlos Dávalos, descendían al pueblo, enriqueciendo –a través de audacias que honraban la lengua española y que retrataban con gestos de redención humana a los personajes lugareños y al paisaje del Noroeste- un folklore con poesías que se habían instalado por esos mismos años en que todavía se cultivaban versos de mero pintoresquismo. Manuel J. Castilla prolongaba, alimentada por las propias  vivencias de vate andariego, esa veta del retrato humano y de la naturaleza que ascendía hasta lo cósmico. José Ríos nos legaba, como poeta de las coplas de carnaval, su popularizada “La Felipe Varela”. Unos estudiantes debutaban en la Sociedad Rural en aquella primavera del 47. Serían las del futuro cuarteto vocal-instrumental de Los Chalchaleros que al año siguiente ya pisaban el primer escenario, el del Teatro Alberdi de Salta, con el eterno gordo Saravia a la cabeza, y sus compañeros Aldo Saravia, Víctor Zambrano y Franco Sosa. Ellos estaban anunciando días de gloria para el folklore, desde la zamba anónima, recopilada por el Cuchi Leguizamón, “Lloraré”, que cantaría todo el país, compitiendo con la “Zamba del grillo”. “El cocherito”, “La López Pereyra” (himno de los salteños) o la recopilada (por Chazarreta) “Zamba de Vargas”. Estos cuatro Chalchaleros (zorzaleros) que fueron cambiando de integrantes (fueron diez, en total, en aquellos primeros años), supieron acoger, como uno de los hitos de su trayectoria, al creador de las famosas zambas “La nochera”, “Del Chalchalero” y “Alma de nogal” y otras: el cantor y guitarrista Ernesto Cabeza en 1953, para dotar de riqueza musical al cuarteto sobre todo en armonías para las guitarras. (Cabeza se despidió muy pronto de la vida: un 21 de septiembre de 1980, y dejó en el grupo un vacío difícil de llenar). Los “Chalcha”, como se los nombró en cada rincón provinciano, trajeron un estilo sencillo y sentido, cantando a dos voces y con guitarras bien ensambladas a sus gargantas. Eran naturales –incluso elementales- pero auténticos en su forma de sentir las cosas de la tierra. Y con ello expresaban un folklore canónico, clásico, único en su estilo tanto en esas segundas que a veces parecían extraviadas y que otorgaban el sello inconfundible, mientras la voz del líder, Juan Carlos Saravia, dotaba de garra al canto agreste, y a través de consignas que fueron su marca en el orillo: “prímera”, “adeeentro”, “¡bueno!”, “ségunda”…  eso sí: con total respeto por la cadencia de los ritmos (en especial el lento de la zamba), con emoción sincera, con matices, es decir: entre el “canto pelado” y las delicadezas en los fraseos, incluso dando rienda suelta, con gracias, a la alegría de los ritmos movidos.Los años 60 fueron los del boom folklórico en toda la Argentina. En cada pueblito se escuchaba con fruición a nuestros solistas y grupos. En miles de hogares la guitarra se había convertido en un habitante necesario, imprescindible.Pero aquella Salta luminosa de inventores geniales, nos tenía reservada una nueva sorpresa, que se cocinaba a fuego lento y que desataría un cambio remozador y vital en la manera de asumir y expresar el folklore nacido en nuestro Noroeste.Avanzaban los 60 y Gustavo “Cuchi” Leguizamón, abogado, profesor de historia, legislador, pianista, compositor y poeta salteño, pergeñaba nuevas melodías y armonías en el piano de su casa. Apenas si se lo conocía de mentas por esa recopilación que hizo de la zamba tradicional  “Lloraré”, que popularizaban Los Chalchaleros. Pero el Cuchi estaba medio escondido entre tanto éxito, un tanto ajeno a él, que estaba inmerso en la nueva estética que le había llegado a través de los compositores clásicos contemporáneos como Bartok, Stravinsky o Schoenberg. Músicos de la vanguardia mundial que le habían dictado melodías y armonías no convencionales en plenos años cuarenta. Más que al músico, en Salta se le conocía por sus cuentos, sus humoradas, sus gestos humanos, sus carcajadas mefistofélicas y su activa vida profesional de abogado y, sobre todo, de profesor en el colegio secundario. Sin embargo El Cuchi ya tenía registradas en el año 1955, en la insigne Editorial Lagos, temas medulares de la vanguardia, como Zamba de Anta (con letra de Perdiguero y Castilla), Zamba de los mineros y Panza Verde, con versos de Jaime Dávalos; Zamba del Pañuelo, con Castilla.Leguizamón intuía, seguramente, que le estaba llegando la hora. Y le llegó, doce años después de escribir estas partituras para aquella prestigiosa Editorial que había fundado don Rómulo Lagos, cuando en una comida en casa del panadero Juan Riera escuchó no sin sorpresa a dos muchachos que, al cantar en dúo se habían lanzado con ganas de salirse de los moldes consagrados. Ellos eran el contratenor Chacho Echenique y el barítono Patricio Jiménez. El Cuchi se interesó por saber quién había armonizado sus temas. Y al enterarse que habían sido ellos mismos, le fue revelado que esas voces eran las que andaba buscando para dar a luz y colocar su sello indeleble en el folklore argentino. Así fue que los convocó a su casa y, piano o guitarra mediante, les fue dictando las notas de sus melodías y de las respectivas armonías innovadoras.A Chacho Echenique no le resultaría tan difícil alzarse con ese melodismo insólito, lleno de curvas y saltos inéditos que había inventado la fantasía del genial músico. Pero el mayor desafío, el reto magistral, era para la garganta de Patricio Jiménez, porque en su segunda voz el Cuchi estaba volcando notas que partían de esas armonías que él  emulaba de la vanguardia mundial clásica. Muchos creyeron que provenían del jazz, y hasta dijeron que Leguizamón hacía un folklore jazzístico, sin saber que, más allá del jazz, estaban esos compositores que citamos antes, y que habían revolucionado el arte musical en el siglo XX, el politonalismo de Stravinsky, pero sobre todo el atonalismo del austríaco Arnold Schoenberg, que sencillamente escapaba de los rigores académicos de la tonalidad. Cuando Leguizamón se sentaba al piano, se regodeaba con tales giros desconcertantes entretejidos en atrevidas armonías. Y con ellas venía a remozar el folklore clásico, el más diáfano y sencillo, que era el que se cultivaba y divulgaba.A Cuchi lo acosaban esos desafíos, al tiempo que entretejía versos igualmente sorprendentes, como los de la Serenata del 900, las zambas del Carnaval, del Guitarrero, y Soltera,  El Avenido y la contestataria Chacarera del Expediente.  A Patricio Jiménez le fueron confiados, entonces, esos intervalos inesperados, provocativos, insólitos por sus disonancias. Notas que escapaban de aquellas llamadas “terceras” o “sextas” que se habían practicado y cultivado hasta ese momento en el folklore, tanto en los dúos, como en los cuartetos de canto y guitarra, para lanzarse al ruedo con otros intervalos de segundas menores o séptimas, cuartas o quintas disminuidas…en fin: toda la gama imaginable de distancias entre las notas de la melodía que cantaba Chacho Echenique, cuya voz aterciopelada remontaba hacia las notas agudas con fraseos deliciosos y afinación impecable. Desde lo musical, los dos cantores rendían culto al refinamiento y a la exquisitez, pero sin pose elitista. Para el oído común, habituado a las sencillas armonías, el Dúo Salteño fue una sorpresa total. Ellos escapaban, guiados por el Cuchi, de lo establecido, de lo consabido, de lo consagrado, de lo aceptado. Ellos, con el Cuchi, estaban dotando al folklore de una nueva concepción armónica acorde con los tiempos de la vanguardia que había comenzado al despuntar el siglo XX. Pero lo hacían, no desde una torre de marfil, sino totalmente imbuidos del amor por la tierra. Con una temática musical y poética de enorme contenido telúrico, donde quedaban reflejados otra vez el hombre nuestro de a pie, el cotidiano, la gente humilde, con sus valores ancestrales, sus costumbres, sus ritos, su estilo de vida, sus sentimientos más profundos, sus valoraciones más humanas, rodeado siempre por la naturaleza, por su paisaje de árboles, pájaros, montes y ríos.El Cuchi Leguizamón y el Dúo Salteño empujaban hacia el futuro ese destino privilegiado de la Salta creadora. Tomaban las esencias desde lo profundo de la tierra y las echaban a volar con alas de eternidad. Era una conjugación perfecta de autenticidad y vanguardia dentro del folklore de tierra adentro. Dos confines que parecían difíciles de congeniar, de integrar en una unidad. Y ese fue el milagro de un portento musical como fue Cuchi Leguizamón, y de su correlato en las voces irrepetibles de Chacho Echenique y Patricio Jiménez.Lo más admirable –y reconfortante para quienes aman la belleza y la originalidad en el arte- fue que el Dúo Salteño fue acogido con total entusiasmo por los amantes del folklore. Incluso por quienes estaban detenidos en el tradicionalismo.El asombro se unía a la admiración cuando resonaban, lentas y cadenciosas, las zambas “Balderrama” y “La pomeña”; cuando restallaba el ritmo de la cueca “La arenosa” y el “Carnavalito del duende”. Leguizamón nos dejaba nuevas canciones emblemáticas: las zambas de Juan Panadero, Cantora de Yala, Si llega a ser tucumana, Zamba Soltera, Zamba para Viuda, o la chacarera Juan del Monte que en su mensaje se parece a la otra, Del Expediente. Y también aportaba riquezas inimaginables para temas que no había gestado su pródiga inventiva, como el clásico salteño de “La López Pereyra”, o la zamba de Yupanqui: “Viene clareando”.Pero Salta ostenta también otras realizaciones fuera de serie. Y lo es ese grupo de niños y jóvenes coreutas del Ars Nova, que dirige magistralmente Betty Fernández de Briones, único en el país. El Ars Nova surgió en Salta en aquel año 1988 gracias al empuje y al talento de Betty de Briones. Lo fundó quizá con el único objetivo de crear belleza con las voces de aquellos primeros chicos. Pudo haberse conformado con ello, y enriquecer así, con esa sola idea, el canto coral en el país. Pero Betty de Briones intuyó una meta aún más alta, mientras apuntaba obstinadamente a la excelencia. Fue la vinculación con eminentes directores de coro y compositores europeos, interesados en escribir música especialmente para esta formación de niños cantores, la que la impulsó a trepar nuevas cimas del canto. Las complejas, exigentes, desafiantes partituras de la música contemporánea, de la vanguardia se constituyeron en su reto desde fines de los años 90. De allí que el Ars Nova pudo demostrar fehacientemente en Buenos Aires, tanto en sus conciertos de fines de noviembre de 2005,  tanto en la Facultad de Derecho como en la Iglesia colmada de La Merced, el prestigio de que goza en el Viejo Mundo. Allí las cristalinas voces de los niños cantores salteños hicieron maravillas con obras dificilísimas de compositores de los más diversos países. Betty de Briones nos deslumbró con la sabiduría con que guía las voces de estos niños para alcanzar los prodigios de afinación, fraseos, matices, cohesión sonora, ductilidad, exquisitez, garra y emoción. Sorprendió y emocionó, que son las metas del arte más excelso. Incluso pudo desconcertar al oído del oyente más atento y entrenado, con tales partituras escritas por creadores de Rusia, Estonia, Australia, Finlandia, Canadá, Inglaterra, Japón o España, por las tremendas exigencias melódicas, armónicas y rítmicas, que plantean  intrincadas articulaciones, capaces de estremecer por su dramatismo o su patetismo, y que estos niños -cuya edad promedio es de 14 años- desgranan con alucinante naturalidad, pese a que no todos leen música de corrido.Pero hay algo más, para destacar en la mística del Ars Nova y su directora. Su pertenencia a la tierra.  Porque junto a la vanguardia mundial, que los distingue de otros coros de esta formación, el Ars Nova cultiva también el mejor folklore y la mejor música ciudadana, en certeros arreglos. Obras emblemáticas de la proyección folklórica, pergeñada por genios como el Cuchi Leguizamón y Eduardo Falú, se unen a ese maravilloso folklore imaginario gestado por Carlos Guastavino y Alberto Ginastera. Y, todavía, obras enjundiosas de compositores argentinos de la vanguardia como Eduardo Alonso Crespo. Como si todo esto fuese poco, Betty de Briones y su Ars Nova, vienen maravillando  al público de Buenos Aires con sus bellísimas puestas coreográficas y lumínicas, con el único objeto de profundizar e intensificar los mensajes estéticos y los climas que sugieren las canciones. Por eso cada concierto del Ars Nova es un destello de magia que queda impreso en el alma y el corazón de cada oyente. Porque transmiten refinamiento, autenticidad y emoción.Hoy Salta se apresta a un nuevo resurgimiento: a la resurrección del admirable Dúo Salteño, tras su primera actuación con gloria en el Teatro Catamarca de aquella capital el 29 de octubre último. Acaban de presentarse con éxito en Córdoba (donde se radicó Patricio), y el tercer regreso a los escenarios será a mediados de este mes diciembre en su querida Salta. En cada lugar van incorporando ese tesoro escondido: los temas inéditos, propios y ajenas que les dejó con sus armonías y ocurrencias el Cuchi Leguizamón, y que el país entero espera ansiosamente escuchar.Chacho Echenique y Patricio Jiménez siguen ensayando febrilmente ese nuevo repertorio armonizado por el genio de Leguizamón, con vistas a un disco prometido para los primeros meses de 2006. Que el resurgimiento de este fantástico, maravilloso Dúo sea otra vez con el sello, la impronta inimitable del Cuchi es otro milagro de esta Argentina que quiere renacer en música y en poesía de alto vuelo.El Coro de Niños y Jóvenes Ars Nova acaba de despedir, el último día de noviembre, su temporada anual de conciertos, diciendo adiós –no sin el dolor de la despedida- a los coreutas que se van. Y Betty de Briones se prepara para reanudar, otra vez, la búsqueda de nuevas voces para remontar nuevos vuelos hacia la excelencia musical. Salta nos seguirá sorprendiendo con el Dúo Salteño y el Ars Nova. Esa es su portentosa  predestinación. Su destino de hacernos falta...                                                                    

René Vargas Vera                                                         

Compositor y Crítico de música

Diciembre 3 de 2005

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Comentarios EL DÚO SALTEÑO, EL CORO ARS NOVA Y SALTA

Serian tan amables de praporcionarme la partitura de musica para piano de TONADA DEL VIEJO AMOR,gratis,es para un pequeño grupo coral en formacion.Es todo muy lindo lo que tienes .se los agradeciria muchisimo,so-
mos jubilados de la pravincia de Buenos Aires.Nos bautizamos como  Las voces del parque . Vivimos en Parque  Leloir.Tentgan una hermosa semana
MIRTA
Mirta Portilla Mirta Portilla 24/05/2009 a las 19:06
Serian tan amables de praporcionarme la partitura de musica para piano de TONADA DEL VIEJO AMOR,gratis,es para un pequeño grupo coral en formacion.Es todo muy lindo lo que tienes .se los agradeciria muchisimo,so-
mos jubilados de la pravincia de Buenos Aires.Nos bautizamos como  Las voces del parque . Vivimos en Parque  Leloir.Tentgan una hermosa semana
MIRTA
Mirta Portilla Mirta Portilla 24/05/2009 a las 19:06
quiero contactarme con Mirta Portilla para invitar a las voces del parque a tocar en ituzaingo
javier javier 02/11/2009 a las 16:45
A RENE VARGAS VERA LO CONOZCO DE MI ADOLESCENCIA EN CATAMARCA.AL DÚO DESDE ESA ÉPOCA DONDE COMENZAMOS A VER LO MÁGICO DE OTRA VIDA.GRACIAS AL AMIGO ROMAN SALIM,COLEGA DE TRASNOCHES LE DEBO UN TESORO SIN PRECIO Y CON EL BRILLO DE JOYAS QUE NO DEJARÁN DE ALUMBRAR:UN ENSAYO DEL DÚO EN AGOSTO DEL '78 CON TODA LA GLORIA POSIBLE DEL ¨ESTA TIERRA ES HERMOSA¨TODA PALABRA SOBRA....
carlos alberto carri carlos alberto carri 10/04/2011 a las 06:11

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