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EL DÚO SALTEÑO: UNA AVENTURA A LOS SALTOS

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Es oportuno saberla. Y mejor aún, compartirla. Porque la del Dúo Salteño es una de esas aventuras donde confluyen maravillas musicales y paradojas del arte popular.Chacho Echenique, la voz alta del dúo, y Patricio Jimenez, que canta la segunda, vienen repasando juntos esas historias de vida consagrada a la música, que sólo conoce un círculo de amigos íntimos. La están reflotando desde que aparecieron de vuelta por los escenarios, a partir de octubre del 2005, en Catamarca. A nosotros nos tocó el privilegio y la alegría de presentarlos en aquella primera actuación, tras 20 años de silencio.Quienes celebran hoy este milagroso regreso del dúo, ya habían intuido desde aquellos días finales de los sesenta, que ellos estaban predestinados a juntar sus portentosas voces con la inventiva prodigiosa del Cuchi Leguizamón. Tres salteños para sacudir, desde aquel asado en lo de Juan Riera, en l967, los cimientos de la armonía convencional de las dos voces en el folklore, como nadie lo había agitado antes, para construir un nuevo edificio sonoro sobre esos añejos y sacrosantas cimientos.Chacho y Patricio están narrando aquellas primeras peripecias, antes de que se convirtieran en el prestigioso Dúo Salteño, mientras desgranan evaluaciones sobre masividad, fama, desafíos, vanguardia, rechazos, censura, listas negras, despedida, reencuentro.Estos tipos singulares se encontraron primero, no en la Salta de sus pagos, bien arriba del mapa provincial,  sino en esta convulsionada Reina del Plata, justo en el hall del Nuevo Teatro Buenos Aires, y juntaron sus voces para entonar la zamba “Pastorcita perdida” que hoy nadie recuerda. Chacho andaba pateando balones en los clubes de Lanús y de San Lorenzo. Patricio integraba esporádicamente el conjunto Los de Salta, y apenas si conocía al personaje Leguizamón desde el ángulo más visible de abogado y profesor de historia.Chacho y Patricio tenían para ostentar un bagaje de íntimas y secretas vivencias. Chacho allá, en Quijano, bien al Norte de Salta, más allá de la lejana San Antonio de los Cobres escuchando los agudos increíbles de los viejos y anónimos bagualeros. Patricio que se familiarizaba, no demasiado lejos de allí, con los cantores populares que se hacían escuchar en las famosas “carpas”, acompañándose con caja. Todo aquello estaba en los cerros, junto a esos paisajes inolvidables. Paisajes que anidarán por siempre en la memoria de las almas sensibles. Y en su casa, Patricio escuchando la más variada música, incluida la clásica y siguiendo, no la melodía, allá arriba, sino los acompañamientos, la armonía, la parte de los bajos... Como un juego inocente y divertido que adiestraba en secreto su fino oído. Ahí está el secreto: las hondas y perdurables vivencias atesoradas en el seno de la tierra salteña. Por eso, cuando se juntaron, las dos voces, que sonaban tan bien, buscaban un músico que guiara sus pasos. Y ocurrió en aquellos días del 67 (los dos ya en la capital salteña), que un amigo: el hijo del panadero Juan Riera, les cuenta del asado en su casa, donde concurrirán el Cuchi Leguizamón, el barbudo Manuel Castilla y otra gente del folklore, como ocasión propicia para esa consulta. Y ahí nomás, Chacho y Patricio, que cantan “Zamba del Silbador” según su leal saber y entender. Y el Cuchi, que pregunta, desconcertado ¿quién la armonizó? Los muchachos, que contestan: ninguno, así nomás nos sale…El fugaz diálogo no termina ahí. Pero la chispa que estalla en ese momento enciende una esplendorosa llama en el alma del Cuchi. No duda un instante. Volcánico, casi imperativo, les grita: yo los voy a armonizar. Chacho y Patricio han atesorado las vivencias de aquel mágico momento del alumbramiento del revolucionario trío, hacia fines de los 60 y comienzos del 70: “fueron los mejores tiempos del Cuchi como compositor, incluso como pianista maravilloso”. Y afirman que hasta llegó a adaptar su forma de armonizar en el piano, para sacarle el jugo a la tan amplia tesitura de que disponía con la voz de contratenor (o practicando falsetes) de Chacho, y el registro de barítono de Patricio. Implícitamente estaban expandiendo, con sus voces, la fantasía creadora del músico. Un músico cuya inventiva había sido alimentada por los clásicos contemporáneos, como Bela Bartok, Igor Stravinsky, Arnold Schoenberg, a quienes quería emular en atrevimientos armónicos, aplicándolos obstinadamente, pero también como un juego provocador, en la música folklórica.  “Era –dicen a coro- un enriquecimiento mutuo esta relación de maestro-alumno y alumno-maestro”. Un trabajo intenso de ensayos con el Cuchi, que nos iba dictando las notas a cada uno de nosotros. Interminables ensayos, a veces. Con algún “recreo” (como los llamaba el Cuchi) para escuchar música de Bartok, Stravinsky, Schoenberg y descubrir las aproximaciones del Cuchi a esa música “rara”. Fueron ensayos entre acuciantes búsquedas de posibilidad en la combinación de voces, y clamorosos hallazgos en la intimidad de una casa. “Lo curioso del caso es que nosotros no habíamos estudiado música. Y al comienzo no nos animábamos a confesárselo al Cuchi. Patricio y Chacho eran nomás (¡y nada menos!) músicos intuitivos. Cuando se enteró el Cucho ¡nos maldijo! Pero al rato se disculpó reconociendo que muchas la música se aprende mal en los conservatorios”. DESAFÍOS, EXITOS PRECARIOS Y FRACASOSLa renovación del canto a dos voces encerraba intrínsecos milagros artísticos, al tiempo que planteaba hacia afuera desafíos, tanto en la acogida del público como en la divulgación de los sellos grabadores y los medios de comunicación. El nuevo cancionero asumido por El Dúo Salteño, con las novedosas armonizaciones del Gustavo Leguizamón era una conquista del arte. Mientras la poesía de Manuel J. Castilla trepaba en alas de bellísimas metáforas para retratar personajes, costumbres y  paisajes norteños, la música del Cuchi desafiaba con asombrosos giros melódicos y atrevidas armonías propias de la música contemporánea. De igual modo ascendían a las  cumbres del idioma, con la música del Cuchi, los versos de Tejada Gómez, de Miguel Angel Pérez y del propio Leguizamón. Eran retos al lugar común, a lo consabido, a lo transitado, a las convenciones artísticas que reinaban hasta entonces. Y al tiempo que recogían las esencias de la tierra con un modo de cantar bien norteño, cultivaban el refinamiento, la exquisitez en el modo de cantar. La zamba recobraba sus lentas, morosas cadencias; se descartaba el grito festivalero aunque crepitara el alegre ritmo de un bailecito, y se cultivaba la media voz. Y hasta el susurro. Nacía una nueva vanguardia en el folklore. Diferente de la que había planteado -en la orquesta- Waldo de los Ríos. Frente a este cambio estético, muy pocos oídos estaban preparados para asimilarlo. Pocos llegarían a comprender y disfrutar de estas nuevas creaciones y formas de expresarlas, que dejaban atrás a los clásicos dúos tradicionales en los que la segunda voz se dedicaba a hacer intervalos solamente de terceras y sextas. Aquí los diseños melódicos para la voz aguda (contratenor) de Chacho conciliaban de maravillas, con sus saltos angulosos, inopinados, la zamba con la baguala, y la voz grave (barítono) de Patricio saltaba en contracantos (no contrapuntos, como se repite a menudo erróneamente) con intervalos de cuartas, séptimas, quintas y segundas disminuídas sin tregua, en una sucesión alucinante, casi inasible, de disonancias, entre las que flotaba una tercera nota que completaba un sinfín de acordes pergeñados desde el piano por su creador.Con esta singular línea artística irrumpen en 1969 con su primer disco. No lleva otro título que “Dúo Salteño”. En el mismo año el Festival de Cosquín los corona como Revelación. Este es el público del folklore que los aplaude, entusiasmado o desconcertado, dándoles la bienvenida. Dos años después -1971- vienen a Buenos Aires, y junto al piano del Cuchi graban su segundo disco con un título menos obvio, pero explícito: “Canto de Salta”.”Nos costó muchísimo llegar al gran público. Nunca fuimos masivos, admiten. Hasta nos acusaron de elitistas. Los  oyentes que nos acompañaron en la propuesta se hicieron fanáticos de nosotros. Pero eran los menos. Lógicamente esto limitaba las posibilidades de enriquecer el folklore. De paso incidió negativamente en el interés de la grabadora y de las radios por la difusión de nuestros discos. No siquiera teníamos representante, y la compañía discográfica argumentaba que al no vender, no éramos negocio. Esta situación, además de ser anímicamente desgastante, nos impedía sobrevivir dignamente.Y entre primer y segundo disco se produce un hecho significativo en el Festival Internacional de la Canción de 1970, en el Luna Park. La piedra de toque está en el folklore del Dúo, y en el tango de Piazzolla. La divisoria de aguas entre el espíritu tradicionalista de la mayoría y las mentes abiertas a la renovación, estallan en el público. Al dúo lo silba y le tira monedas la popular cuando cantan “El imaginero” (del Cuchi y Tejada Gómez). A Piazzolla le ocurre lo mismo, cuando Amelita Baltar canta  “Balada para un loco”, con letra de Ferrer. La suerte estaba echada. Los nuevos aires en el folklore y el tango debían luchar a brazo partido para acceder a la aceptación masiva. “Lo nuestro no era para festivales”, concluye el Chacho en nuestra charla.Al Nuevo Cancionero gestado en Mendoza, con Tejada Gómez, Matus, Tito Francia y Mercedes Sosa no le había pasado lo mismo. Porque implicaba otra clase de desafío –también  profundo, humano, ético, pero no vanguardista-: rescatar al folklore del puro pintoresquismo para reivindicar al hombre común en su esencia y en su entorno. Los tres movimientos, para nada planificados, han surgido en aquellos años fundacionales.Para los muchachos del Dúo –y para Piazzolla y para Mercedes- eran menos riesgosos y más acogedores los boliches chicos, como el pequeño subsuelo de la calle Talcahuano, o el teatro Luz y Fuerza, presentados por Miguel Angel Merellano. Incluso recuerdan aquel espaldarazo que recibieron en El Viejo Almacén, cuando luego de escucharlos, Astor Piazzolla los felicitó y los abrazó, emocionado. Y la dicha de compartir los escenarios recoletos con músicos de la talla de Dino Saluzzi, del Mono Villegas, cuando no es que lo traían desde Salta al mismísimo Manuel J. Castilla.Y claro que también había otros oídos atentos y abiertos para acoger su canto hondamente telúrico y desafiante en sus formas. Así les resultó estimulante el formidable espaldarazo de difusión que les había prodigado, cuando apareció su primer disco, “el peruano parlanchín” Hugo Guerrero Marthineitz en su Show del Minuto. Fue gracias a su invitación que bajamos de Salta a Buenos Aires. Todas estas fueron  pequeñas-grandes -y esporádicas- compensaciones frente al desinterés manifiesto de la grabadora Polygram por promocionarlos, con el implacable pretexto de que “no eran comerciales”; y frente a la sordera de la mayoría de las radios y de las entidades culturales de Salta. Ni Chacho Echenique ni Patricio Jiménez habían contado hasta ahora públicamente estos avatares. Estas contradicciones que se planteaban entre un arte popular inspirado, creativo, genuino, dictado por el amor a la tierra, y la desconcertante acogida de público y la sordera crónica de los medios de difusión. La paradoja cruel de quienes buscan enriquecer nuestros patrimonios frente a una sociedad no preparada ni dispuesta mental ni espiritualmente para los cambios. Desde hace un año que los vienen recordando –en pleno regreso con gloria- con una estoica sonrisa y una sutil mueca de dolor.Avanzaban los años 70, y con ellos las noches negras de una pseudo democracia y sus listas negras. Mediados de la década en la que la palabra “subversivo” es aplicada a todo aquel que no obedece ciega y calladamente los manotazos del poder sin control, y al que levanta su voz. El Dúo, Mercedes, y tantos otros eran calificados, de pronto, de subversivos. Y claro, recuerdan: nos persiguieron. No nos quedaba otra que seguir actuando en pequeños reductos, casi a las escondidas. Y de pronto llegaba la policía, y el desbande…También soportamos el allanamiento de nuestra pobre pensioncita. La Triple A nos prohibió en los medios de difusión. Soportábamos constantes amenazas. Los militares apretaban a los dueños de los teatros para que no nos contrataran. Nuestros discos fueron proscriptos por el Comfer. ¡En el 73 llegaron a impedir la difusión de “El Violín de Becho”, de Zitarrossa!   “Fue el momento inexorable de nuestro alejamiento. “Con Patricio –confiesa Chacho- no pudimos ponernos de acuerdo sobre la forma de encarar la difusión. Es que teníamos todo en contra y barajábamos, sin ninguna experiencia en la materia, distintas maneras de encararla. Mientras, en la humilde pensión de la calle Talcahuano se nos acababan los víveres. Estábamos lejos de la familia, extrañándola”.En cuanto a discos, Phonodisc había editado en el 73, el disco “Dúo Salteño II”, que al año siguiente salió en Japón. Y aquí como “Dúo Salteño III”. De esa época saltamos a 1983, en el que Polygram se anima a reeditar “El canto de Salta” que, como dijimos, habíamos grabado junto al piano del Cuchi. Y en 1984 un nuevo que bautizamos “Como quien entrega el alma”.Vendrá después, ya en 1986, la grabación de “Madurando sueños”, casi como una promesa de resurgimiento, también en Polygram. Parecía una reivindicación…Se habían dado, naturalmente reconocimientos a tan excelso trabajo creativo del Cuchi y el Dúo Salteño: el 3º premio, en 1969, en el Festival Iberoamericano de Danza-Canción del Luna Park; el ya citado premio Revelación, en Cosquín 1969; el galardón de la UNESCO Para el Desarrollo Cultural, y también de ese organismo internacional la designación de Socios de Honor, todo eso en 1990.Este es el breve racconto que intentamos a partir de las charlas con Chacho Echenique y Patricio Jiménez. Es, digamos, “la primera parte de su historia”. De aquí en adelante nos ocuparemos de su regreso, a partir de octubre de 2005, en Catamarca, y el anticipo del nuevo disco que prometen grabar. Será la segunda gloriosa parte…

 

René Vargas Vera

Noviembre 27 de 2006 

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