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Clásico es el primero que asegura serlo

Patricio Jiménez y Chacho Echenique en Córdoba

La Voz del Interior
Domingo 22 de octubre de 2006
Edición impresa Espectáculos

En la vertiginosa y constante invención de la realidad que es necesario practicar para no quedar al margen de la a veces incomprensible experiencia de vivir que estas épocas nos proponen, ¿qué querrá decir ser un clásico? ¿La institucionalización más o menos casual y arbitraria de una vieja costumbre? ¿Un pedazo de tiempo detenido y vuelto a sincronizar según necesidades afectivas, económicas, sociales o religiosas? ¿La consagración de una maña elevada a rito? ¿La quintaesencia de la virtud explicada? Según las pruebas que día a día nos proporciona la realidad, en estos tiempos de relativización de las necesidades colectivas y urgencias individuales –sálvese quién pueda, por decirlo de alguna manera– un clásico puede ser cualquier cosa: lo que uno quiera o lo que necesite. Así como en los límites de la modernidad alguien –dicen que fue Andy Warhol, pero no viene al caso ponerse a discutir de eso ahora– dijo que el mundo está más o menos listo para complacer con merecidos 15 minutos de fama a cada uno de sus habitantes, en los zaguanes del nuevo milenio estaríamos en condiciones de asegurar que a través de esos 15 minutos de celebridad cada uno podrá convertirse en un clásico, siempre que lo creyese conveniente. Así las cosas, al final de cuentas no sería difícil llegar a la conclusión de que un clásico, así como alguna vez pudo ser una cuestión de espesor y de tiempo, ahora es más una construcción personal y subjetiva, una convicción, una cuestión de decisión. De actitud, digamos.

Clásicos viejos. En música, por ejemplo, se suele decir que al clasicismo musical vienés –alguna vez considerado el más clásico de los clasicismos– lo inventó Haydn, después Mozart lo elevó al punto más alto y más tarde vino Beethoven y lo destruyó desde la idea de progreso que le permitió pasar de época. Colorida manera de explicarlo; pero habría que agregar que todo esto sucedía sin la conciencia de los protagonistas, porque los que lo explicaron así llegaron después de que las cosas sucedieran. Es decir ellos –Haydn, Mozart y Beethoven– no fueron clásicos hasta que la historia reconstruyó el mosaico según un criterio determinado y variable a lo largo de las épocas, según el famoso cristal con que se mire. Por eso lo que ayer fue clásico hoy puede ser olvido y lo que ayer fue nada hoy puede ser clásico; y así clásico no quiere decir nada. Pero como suele suceder con los dioses, que cuando no quieren ir a algún lado mandan un arcángel rubio en representación –o con las empresas multinacionales–, los clásicos universales tienen sus corresponsales regionales y así el concepto le va ganando terreno al temido olvido.

Clásicos románticos. Todo esto viene a cuento porque este fin de semana el Teatro del Libertador –alguna vez templo vernáculo de los clásicos universales y hoy espacio abierto como para justificar una existencia que ya no se distingue de la de cualquier otra sala, total, regional o universal, todo puede ser explicado como clásico– albergó clásicos de todas las especies. El jueves se presentó el dúo integrado por la violinista Clara Cernat y la pianista Thérèse Dussaut. Las intérpretes francesas dedicaron la primera parte del concierto –organizado por la Alianza Frances de Córdoba– a Wolfgang Amadeus Mozart, en el año de las celebraciones por los 250 años de su nacimiento. Si pensamos que la obra del austríaco sintetiza lo que lo precedió y anticipa lo que va a suceder, podemos aceptar que tiene los papeles en orden como para ser considerado un clásico en serio ¿o no? El programa incluyó en la primera parte la Sonata KV 379, la Fantasía KV 397 para piano solo y la Sonata KV 403. Pero lo mejor de la noche estuvo más allá del homenaje; las características de los intérpretes, evidentemente ligados a una tradición instrumental más cercana al énfasis romántico que a la gentil ligereza mozartiana, fueron las mejores para lograr lo que lograron: una excelente versión de la Sonata Op. 105 de Robert Schumann. ¿Un clásico?

Clásicos por herencia. Otro de los clásicos que pasó por el coliseo mayor de la ciudad fue el Dúo Salteño, que el viernes convocó a un público numeroso, compuesto por jóvenes curiosos –categoría cuya probable extinción comprometería la vigencia de los clásicos en cualquiera de sus dimensiones– y viejos con ganas de volver a sentir esa felicidad que alguna vez los hizo jóvenes curiosos constructores de clásicos. Patricio Jiménez y Chacho Echenique no vienen de la Viena del siglo XVIII, sino de la Salta de Castilla y Leguizamón, que por un decreto de necesidad y belleza podrían considerarse descendientes directos de aquellos clásicos y aún de otros más clásicos todavía. En poco menos de dos horas el dúo logró hacer más música que la que se pudo haber hecho en las últimas 10 ediciones del festival de Cosquín, por tomar un ejemplo. Aún sorprende escuchar esos contrapuntos y esas voces que además de crear disonancias sugestivas despliegan un juego armónico audaz, sobre un repertorio que por el equilibrio poético musical –convendría no separar estos aspectos para que una canción sea una canción– podría considerarse clásico. Además, si cuando un artista aparece en escena y antes que haga nada ya el público le adelantó un aplauso espeso, largo y sentido –como sucedió el viernes– sin duda se ve venir un clásico. El primero de los temas fue Bajo el azote del sol, de Leguizamón y Antonio Nella Castro y el segundo uno de esos maravillosos retratos que solían hacer Leguizamón y Castilla: Chaya por Toconás, un tema que según comentaba Chiquito Catramboni –integrante de aquellos Trovadores– está en el primer disco del dúo, "el que resume todo lo que son", dijo. Entre otras páginas memorables siguieron la milonga Tiempo de mayo, la chacarera El hombre del ají, la estremecedora zamba Cartas de amor que se queman, El arriero y otros temas que formarán parte del disco que según aseguran comenzarán a grabar en estos días. Al final, se despidieron con los clásicos –siempre ellos– La arenosa, La pomeña y Zamba de Juan Panadero, esa que empieza cantando "Qué lindo que yo me acuerde..."
Santiago Giordano
sgiordano@lavozdelinterior.com.ar

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